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Tras la rendición de Granada a los Reyes Católicos, el año de 1492, los muslimes, familiares y servidumbre del rey Boabdil, las mujeres del harén, los príncipes de la sangre, los santones y faquíes del palacio, los propios monarcas, tuvieron que abandonar muy a su pesar los fastuosos salones y majestuosos jardines de los palacios de la Alhambra, donde tanto goce terrenal habían disfrutado durante varias bienaventuradas generaciones. Formando parte de la comitiva que marchaba al destierro, los jóvenes guerreros, impetuosos e intransigentes, no se conformaban en la desgracia y proferían gritos amenazantes, rebeldes y reivindicativos. Los viejos santones, solemnes, reflexivos, sintiéndose sensatos ante tanta desventura, sobreponían la tenue luminosidad de la supervivencia de aquella casta al orgullo humillado, el infortunio manifiesto y la rabiosa desesperanza de los desterrados. Las mujeres, incapaces de controlar el dolor de sus congojas, entre llantos y sollozos proferían alaridos desgarrados, multiplicados en millares por el eco entre las cañadas. Mientras el trepidante sonar de los victoriosos clarines castellanos estremecían de una u otra forma a todos y cada uno de los habitantes de Granada, las largas filas de desheredados marchaban lentamente, flanqueando a las dóciles recuas que transportaban lo más preciado e indispensable de sus pertenencias, a lo largo de los caminos y quebradas que desde la fértil vega granadina ascienden a los agrestes parajes de las Alpujarras, en las estribaciones meridionales de las montañas que conforman Sierra Nevada. Atardecía cuando la comitiva, tras sobrepasar Alhendín a diestra y posteriormente Otura a siniestra, alcanzó la alta loma que define el puerto desde el que empieza a vislumbrarse el término de Al Badul (hoy llamado El Padul)y se pierde de vista la extensa vega granadina. Boabdil bajó de su corcel árabe y dió media vuelta. Observó con profunda amargura la lejana silueta de los palacios y alcázares nazaríes coronando la rojiza colina de la Alhambra, a la que durante toda esta jornada de viaje había estado dando la espalda. Los débiles rayos del crepúsculo, procedentes del sol poniente tras el horizonte que forman las colinas de Loja, apenas permitían discernir detalles del paraíso perdido. A pesar de todo a Boabdil le pareció la Alhambra más hermosa que nunca, que ya es decir hermosa. La congoja apretó su pecho, dejándolo sin respirar por instantes. Una inspiración muy profunda puso fin al prolongado periodo de apnea. Las emociones contenidas en lo más íntimo de su pecho afloraron al exterior en forma de amargo gemido. Testigo de excepción del humano desahogo regio la madre del sollozante Boabdil, la Sultana Aixa al-Horra, no pudo contener ni un momento más la rabia contenida que la embargaba. De alguna forma abrió una válvula de escape para liberar al menos parcialmente las tremendas tensiones que venían oprimiendo a su angustiado espíritu. Súbita, espontánea, inesperadamente, sin pelos en la lengua, increpó adustamente a su hijo Boabdil una frase desabrida, lapidaria, humillante: Llora como mujer lo que no supiste guardar y defender como un hombre. Desde aquel aciago día el puerto de 860 m de altitud donde madre e hijo tuvieron tan breve pero intenso intercambio de emociones es comúnmente conocido como " El suspiro del Moro "
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